Legitimidad, bastardía y crítica

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La situación de Carlos Pacheco en la historia de las letras venezolanas es única por el tipo de puentes que su obra ha diseñado entre áreas muy diversas del campo literario. Profesor e investigador universitario, académico, crítico, ensayista, editor y gestor cultural, el diálogo que ha propiciado entre creadores y autoridades culturales o educativas, así como entre las comunidades letradas de su país y el exterior, tiene pocos parangones en la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. Su redefinición como intelectual y escritor, en sentidos específicos a los que me referiré más adelante, corona hasta ahora sus esfuerzos tesoneros. 

Como profesor y scholar –apelo al término inglés pues el perfil de Pacheco en lo que atañe a la planificación racional de su carrera es uno de los más similares que ha tenido Venezuela al del investigador de las universidades anglófonas– no solo ha producido trabajos brillantes, sino que ha contribuido a configurar campos y subcampos de conocimiento. Me cuesta imaginar discusiones sobre la novela hispanoamericana de la dictadura, por ejemplo, o sobre oralidad y narrativa reciente que ignoren sus contribuciones. Habría que mencionar otra manera, no menos importante, en la que sus publicaciones y enseñanzas han ejercido influencia: entre sus alumnos se cuentan numerosos profesores y críticos de primer orden, que desde hace años vienen granjeándose un nombre propio como estrellas en su profesión –Violeta Rojo, Luz Marina Rivas, Arturo Gutiérrez Plaza, Gina Saraceni, Víctor Bravo, Gabriela Kizer, Cristian Álvarez, Carmen Mannarino, Florence Montero Nouel, Jeffrey Cedeño, para mencionar solo a algunos–. Todos ellos han expandido sus exploraciones para incluir desde la literatura fantástica hasta el microrrelato, desde las últimas tendencias de la poesía nacional o la narrativa histórica escrita por mujeres hasta el ensayo o la cultura popular. Pacheco, de hecho, ha establecido una laudable sensación de familia entre estudiosos que sienten su labor como deber colectivo, compartible: triunfo significativo en un país donde hasta ahora prevalece el arrobo ante variadas especies de caudillismo y personalismo, entre ellas, el culto supersticioso al autodidacta –es decir, la heroización del improvisado.

Ese instinto gregario al que la universidad lo acostumbró se transforma, fuera del aula, en cooperación menos signada por la lógica gremial, modulando en ocasiones a un tipo de camaradería letrada que rinde frutos en proyectos conjuntos con escritores o críticos como Luis Barrera Linares, Carlos Sandoval, Beatriz González Stephan, Luz Marina Rivas y Antonio López Ortega –podría nombrar más–, con quienes ha editado antologías y escrito a cuatro o seis manos. Tanto por su infatigable presencia en ferias o lanzamientos de libros, jurados de certámenes literarios, congresos, coloquios y “conversatorios” –venezolanismo sintomático de una enorme necesidad de debate–, como por la concesión habitual de entrevistas en la prensa diaria o medios radiales y televisivos, puede entreverse en la construcción de la persona pública de Pacheco un lugar de enunciación donde la trama cultural se organiza como red, resaltando la continuidad interpersonal y desechando la concepción del sistema literario como depósito de compartimientos excluyentes o solitarios. Los años dedicados al mantenimiento y la creación de colecciones en la Editorial Equinoccio ofrecen prueba alterna de la misma certidumbre: el quehacer letrado exige por igual la producción de discursos verbales y espacios donde su movilización sea posible.

Los artículos de investigación o los estudios extensos que debemos a Pacheco nos deparan lúcidas interpretaciones de grandes narradores iberoamericanos como Augusto Roa Bastos, José María Arguedas, Martín Luis Guzmán, Rómulo Gallegos, João Guimarães Rosa y Julio Cortázar. También incisivas primeras incursiones, desde ese momento imprescindibles, en títulos de escritores jóvenes o de alcance local. Sea cual sea el caso, las numerosas publicaciones de Pacheco delatan un coherente proceso inquisitivo, enriquecido y lleno de matices cuando el tema se recupera de vez en cuando a lo largo de los años: nuestro autor regresa a sus meditaciones para ampliarlas y profundizarlas cada vez que lo cree necesario, y quien lo acompañe en tal empresa notará de inmediato el sutil maridaje de vivencias e ideas, la paulatina maduración de opiniones que ya en su manifestación inicial eran, sin disputa, sólidas. Estamos ante una perseverante Demanda de la Santa Claridad que el crítico se ha impuesto como destino. Para apuntar un caso entre varios, obsérvense los heterogéneos asedios a los que Pacheco ha sometido a Roa Bastos: sus indagaciones van de lo formalista o genológico a lo ético y político; su perspectiva, desde el abarcador panorama al análisis textual meticuloso, finamente hilado.

Los medios en los que han circulado sus escritos prueban su proyección en Venezuela y más allá de sus fronteras. Las revistas, casi todas valoradas como centrales en ámbitos universitarios, incluyen, entre otras, Revista Iberoamericana, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Hispamérica, Hispanic Research Journal, Bulletin of Hispanic Studies, Inti y Escritura. La estatura intelectual de Pacheco es también evidente por la aparición de sus volúmenes en Equinoccio, Monte Ávila Editores Latinoamericana o la Biblioteca Ayacucho –esta última, en una época en que sus compañeros de colección eran Domingo Miliani, Beatriz Sarlo, Hugo Verani, Oscar Rodríguez Ortiz, Jorge Ruffinelli, Hugo Achugar, José Miguel Oviedo, Guillermo Sucre o Rafael Gutiérrez Girardot.

Sus inquietudes con frecuencia se adentran en la metateoría, convertido en asunto el pensamiento latinoamericano sobre la literatura. Justamente el presente volumen de Ojo crítico compila escritos de esa índole, distinguidos por Pacheco como una de las principales regiones de su labor. Intriga en tal opción editorial, no obstante, un pormenor que no debe pasarse por alto: junto a textos sobre Alfonso Reyes, Antonio Cornejo Polar, Ángel Rama y otros críticos que han teorizado y se han erigido en “maestros”, en paradigmas, encontraremos piezas sobre escritores corrientemente percibidos como signos que afectan al tejido sociocultural de sus países o de Hispanoamérica en general –Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri, José María Arguedas y Mario Vargas Llosa–. En otras palabras: lo metateórico en Pacheco parece ir asociado al examen de la semiotización del agente activo en los círculos literarios. En el lugar que cartografían estas páginas el literato y el lector se hacen lenguaje.

Tiendo a creer que, obedeciendo sus certeras intuiciones, Pacheco homologa así ciertos mecanismos del campo cultural moderno, cuya reflexividad promueve la autonomía que adjudica al intelectual el poder simbólico necesario para intervenir en la vida general de la comunidad. Me refiero, en particular, a la obligatoria existencia de una producción cultural destinada al consumo de productores culturales y lo que ello supone: un plano donde el autor es crítico y donde, a su vez, el crítico se desliza casi imperceptiblemente a la posición de autor. Lo que implica la relativa autosuficiencia de la esfera social a la que pertenecen. Sin el apoyo de la sociología de Pierre Bourdieu, ya Octavio Paz lo había postulado en un ensayo de principios de los años sesenta, recogido luego en Corriente alterna:

La crítica es lo que constituye eso que llamamos una literatura y que no es tanto la suma de las obras como el sistema de sus relaciones: un campo de afinidades y oposiciones [...] Tiene una función creadora: inventa una literatura (una perspectiva, un orden) a partir de las obras[1].

Algo similar aseveró más tarde Ángel Rama y Pacheco en más de una ocasión lo recuerda en los renglones de La hermana bastarda, lo que me permite sugerir que esta reyesiana parienta de la “creación”, en manos de nuestro autor, se transforma en matriz de una epistemología inversora, irónica. Su propósito oculto es proteger la amenazada autonomía literaria.

¿Qué pone en riesgo hoy día a esa condición de relativa independencia que las letras obtuvieron en la era moderna? Recordemos que Bourdieu señaló que el peligro radica en la cada vez más intensa interpenetración entre el mundo del arte y el del dinero, con las novedosas alianzas entre empresas económicas y agentes del campo cultural, la dependencia financiera de las universidades o las academias con respecto a agentes exteriores, estatales o privados, y el peso que sobre el arte o el pensamiento ejercen los intereses comerciales de las editoriales u otros intermediarios en la diseminación de la obra. Bourdieu veía esto último como lo más ominoso y formuló repetidas veces, durante sus últimos años, un llamado a la defensa de la autonomía. Esta equivalía para él a la posibilidad de que el productor cultural fuese realmente un factor político, en vista de que su libertad de criticar el poder solo puede ejercerse luego de conseguir una distancia interna: la propia de valores sociales puestos “al revés” según la lógica del campo cultural. La capacidad letrada de intervención crítica y de lucha contra el pensamiento “único” debe mantenerse y esta la engendra, por más que a la larga se produzcan recompensas materiales, una ascesis previa, una negación inicial de las prácticas hegemónicas[2]. En otras palabras: con respecto a su sociedad un intelectual comienza no perteneciendo, impulsado por el secreto deseo de pertenecer después con mayor plenitud. Pacheco parece estar al tanto de ello; no solo porque lo insinúa en sus disquisiciones públicas[3], sino por sus conductas a la hora de organizar Ojo crítico, inventario a la vez editorial y mental donde coloca la teoría en un mismo orden fenoménico que la creación narrativa. Lo hace, por una parte, intercalando un volumen sobre la teoría, La hermana bastarda, entre dos dedicados a la narrativa; por otra, situando en dicho volumen tanto a narradores como a críticos en una misma zona hermenéutica, aptamente encabezada por la confrontación con una figura total como la de Alfonso Reyes, quien abarcó todas las facetas posibles de la “legitimidad” y la “bastardía” letradas, y reforzó tal heterogeneidad privilegiando, entre muchos medios a su disposición (el cuento, el poema, el drama, el tratado erudito), uno que nos predispone a aceptar la escritura como encrucijada de lo diverso, jamás reductible a lo acabado y “único”, aquello que Reyes denominó “el centauro de los géneros”: el ensayo,

...donde hay de todo y cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede ya responder al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en marcha, al “Etcétera” cantado por un poeta contemporáneo preocupado de filosofía[4].

En efecto, tengo para mí que, más allá de su papel de profesor o de crítico, el encuentro de Pacheco con su condición de escritor y de intelectual –es decir, el hallazgo de una voz que, no ajena a los avatares de la estética, interviene en la vida social– se gesta a medida que abandona los géneros del tratado o el artículo de investigación, destinados a expertos, para cultivar el ensayo, cuyo público potencial es más amplio. Cuando se convierte en ensayista, además, el crítico y el creador se amalgaman en un semipersonaje, lo que propicia la aparición de un objeto de estudio opinante. Me explico: la crítica practicada en las universidades reclama que el analista no se confunda con lo analizado, y sobre esa distinción tácita surgen las tesis, los artículos eruditos, los manuales o los tratados. Una crítica que se expresa con la elegancia, la osadía o el ludismo propios del tanteo poético –la crítica que se manifiesta en el ensayo– deconstruye el binarismo de los géneros no literarios que la universidad y ciertas academias imponen. En este volumen, Pacheco se emancipa varias veces del deber de cátedra, y al hacerlo toma el lugar antes ocupado por sus objetos de estudio. Se convierte en uno de ellos: el conocimiento, de manera sorprendente, abandona el eje vertical y autoritario donde la ciencia lo ponía y suscita una relación horizontal, democrática, en sintonía con las actitudes del intelectual al que me he referido antes. Pacheco deja de identificarse exclusivamente con la “inteligencia” para asimilarse a una colectividad menos organizada de letrados. Téngase en cuenta, al respecto, la serie de distinciones hechas por Gabriel Zaid entre el “estamento social” de la intelligentsia y el “conjunto de personalidades” de la intelectualidad:

Los intelectuales son afines al mundo editorial y periodístico, a ejercer sin títulos, al trabajo free-lance. La intelligentsia es más afín al mundo académico y burocrático, a las graduaciones, a los nombramientos, a cobrar en función del calendario transcurrido. Los intelectuales sueñan con la santidad socrática, mientras acumulan capital en la farándula de la opinión pública. La intelligentsia sueña con la santidad platónica, mientras acumula capital en la grilla de los ascensos. Los intelectuales pasan de los libros al renombre, la intelligentsia pasa de los libros al poder[5].

Cabe destacar que la experiencia de Pacheco como integrante simultáneamente del “estamento” y del “conjunto de personalidades” le permite desarrollar una lucidez traducida en mesura envidiable, útil para esquivar los vicios o las ambiciones extremas que describe Zaid con gran sentido del humor –puesto que el escritor mexicano también se sitúa entre los dos grupos que compara–. Y el sutil humor de Zaid no dista demasiado del que exhibe en varias oportunidades Pacheco, en particular durante la segunda mitad de su carrera, desterrando la solemnidad escolástica de los miembros de la “inteligencia” o el sublime heroísmo mental del intelectual con una prosa en la que cristalizan frases tan críticamente eficaces como imaginativas y llenas de bonhomía: “cardumen narrativo”, “libros venezolanos como arroz”, “Final con el triple puente de la WWW”, “Todo Carpentier en 40 minutos”, “inteligencia amueblada”... no haré más prolija la lista, porque el lector de Ojo crítico tendrá la oportunidad y el placer de ir conquistando el personalísimo vocabulario que caracteriza a Pacheco como pensador y como escritor.

He dicho que estamos ante un crítico con dos residencias, una en el estudio y otra en el ensayo. En La hermana bastarda abundan las visitas a esta última. Considérese, por ejemplo, el primer párrafo de una de sus semblanzas de Iraset Páez Urdaneta:

El ojo del salmón me miró un instante e Iraset sonrió de inmediato al captar mi desconcierto. Agitado por el viento, colgado en un rincón de su oficina, un salmón de papel naranja, un móvil de artesanía japonesa, se balanceaba diciendo a quien quisiera entenderlo varias cosas acerca de su dueño.

O el íncipit de un prólogo a un libro de Víctor Bravo:

Cuando somos jóvenes, a menudo tenemos la energía, el empuje y también la ingenuidad suficientes como para proponernos metas imposibles, ilimitadas, utópicas. Ávidos de adquirir y acumular todos los conocimientos e impresiones de este mundo y sus alrededores, queremos leer todos los libros [...] probar todos los licores, aceptar todos los retos. Con respecto a la primera tentación, la de una biblioteca y una bibliografía totales, aún recuerdo muchos domingos, hacia mis diecisiete años, cuando, luego de una noche tan deschavetada como podría imaginarse a mitad de los sesenta, me dedicaba con afán demasiado programático a transitar las innumerables y maravillosas páginas de la gran literatura rusa o francesa...

Lejos estamos de la estricta exposición de conocimientos obtenidos con la triangulación de una hipótesis, un método y un corpus. Lo que se anuncia, por el contrario, es una comunión donde la labor que se describe resuena no solo en el plano de las ideas, sino en un fervoroso encuentro con el otro, en el cual la razón no se ha divorciado del sentir. Lo mucho que racionalmente se dice sobre los logros de investigadores como Páez Urdaneta y Bravo –lo más exhaustivo y penetrante, sin duda, que se ha escrito acerca de ellos– no se desprende de un sujeto que ha vivido y capta cómo el quehacer del crítico que examina se apoya e incluso es solo posible en el molde vital que la persona le otorga.

La vida del otro se corresponde además con la vida que tiene el hablante de Pacheco en esos fragmentos. Allí se nos revela, precisamente, la dimensión más ensayística de su labor. Recuérdese lo que muchos han observado acerca del ensayo como género; por ejemplo, John Snyder, desde una óptica de teórico: “...la política del ensayo es realmente una religión en que la voz ensayística imperturbablemente blasfema yo soy el que soy [...] Lo crucial en el ensayo es que dice: la suya es expresión por el bien de la expresión, voz encarnada”[6]; o, a partir de sus modelos originales, arraigados en la tradición hispánica, lo que sugería Jorge Luis Borges en 1956: “...desde Montaigne, el escritor propende a dramatizarse, a ser el más tenaz de los personajes creados o proyectados por él”[7]. Muchos años antes, en 1926, Borges había observado la proximidad y hasta la fusión entre el ensayo y los géneros usualmente tenidos por formas “puras” de creación:

He declarado ya que toda poesía es plena confesión de un yo, de un carácter, de una aventura humana. El destino así revelado puede ser fingido, arquetípico (novelaciones del Quijote, de Martín Fierro [...]), o personal: autonovelaciones de Montaigne, de Tomás de Quincey, de Walt Whitman, de cualquier lírico verdadero. Yo solicito lo último[8].

Creo que a Pacheco no se le escapa el horizonte de expectativas en que se inserta el tipo literario al que ha venido dando preferencia en su madurez como crítico. Algunos de los pasajes más memorables de La hermana bastarda homenajean a un colega en el que reconoce también, sin rodeos, a un ensayista –Víctor Bravo– y al Borges que situó un ensayo sobre la fenomenología de la intimidad, “Borges y yo”, en un umbral donde puede ser tomado sin dificultades como creación, sea lírica o narrativa:

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Boconó, por Los Teques, por Caracas y entro, acaso ya mecánicamente, en una de las Librerías del Sur, para mirar el nuevo libro de Víctor Bravo. Es de Borges de quien tengo noticias entonces, al ver su nombre como autor del prólogo que creía yo haber escrito para El señor de los tristes y otros ensayos (Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2007). Un piadoso correo electrónico me informa que hubo un errorcillo en la edición, pero que no me preocupe, que será corregido. Del libro de Bravo me gusta su pasión teórica, su erudición activa, la imbricación de doble vía entre pensamiento y escritura y el sabor de la prosa (de hecho, creí haber escrito algo sobre todo eso en las páginas introductorias). El otro, Borges, comparte esas preferencias...

La escritura, como vemos, ha ido convirtiéndose para Pacheco, más que en una herramienta de comunicación, en un fin en sí mismo, tan indispensable como las responsabilidades exegéticas. En el presente volumen sobran los casos que podrían traerse a colación: piénsese en la estilizada cronología personal, el contrapunto de momentos y anécdotas de quien ha seguido con admiración la obra de Mario Vargas Llosa y le toca finalmente concederle un doctorado Honoris Causa –estructura, por cierto, habitual en las novelas del peruano–; o en el marcado contraste del Pacheco que escribe un estudio breve como “La oralidad en la dinámica del pensamiento crítico de Antonio Cornejo Polar” y el Pacheco que aborda al mismo teórico esta vez desde el mirador del ensayo en “Detrás del catedrático, el maestro: sobre Antonio Cornejo Polar”, con la consecuente puesta en un segundo plano de las exigencias formales del scholar y la transmisión de las riendas enunciativas al “tenaz personaje” descrito por Borges:

Lo que en una primera instancia me entrega la memoria son por supuesto fragmentos, gestos fugaces, frases sueltas, imágenes inconexas. Ella tiene sus maneras. Autónoma y a menudo arbitraria, ella privilegia, selecciona y ofrece a la conciencia ciertos instantes del pasado de acuerdo con una lógica propia, cuyos criterios se mantienen velados, indescifrables para la mirada racional. De nada serviría, para el impulso de sentido que conduce este texto, proceder a una averiguación documental o analítica que viniera a completar o a confirmar aquellos datos. Prefiero entonces, en lugar de intentar la improbable exhaustividad de una indagación sistemática, interrogar esas partículas de experiencia directa que me brinda, de gratis, el recuerdo. Acepto por consiguiente el riesgo de la dispersión...

Ninguna dispersión es final cuando el “Ojo crítico” goza de buena salud, podríamos agregar. Lo cierto es que Pacheco, en su fértil trayectoria como crítico, no solo ha descubierto cómo se forman y operan otros críticos y narradores, sino que ha ido reconociendo su nicho personal entre ellos: labor de lectura que ha resultado, no menos, labor de vida.


[1] Octavio Paz. Corriente alterna. México: Siglo Veintiuno, 1967, pp. 40-41.

[2] Pierre Bourdieu. “Pour une Internationele des intellectuels”, en Franck Poupeau y Thierry Discepolo (eds.). Interventions, 1961-2001. Marsella: Agone, 2002, pp. 257-266.

[3] Por ejemplo, como orador de orden en la concesión de un doctorado Honoris Causa a Mario Vargas Llosa: “Una misma concepción filosófica y ética reúne la diversidad inmensa de este abanico de asuntos y formas discursivas en su obra periodística, ensayística, crítica, narrativa y dramática: el principio de la libertad; el respeto a la diferencia; la promoción de sociedades abiertas, democráticas y socialmente responsables; sin fundamentalismos ni autoritarismos de ningún signo que pretendan forzar un pensamiento único o censurar la creatividad”.

[4] Alfonso Reyes. “Las nuevas artes”, Los trabajos y los días, en Obras completas, vol. IX. México: Fondo de Cultura Económica, 1959, p. 403.

[5] Gabriel Zaid. “Intelectuales”, Crítica del mundo cultural, en Obras III. México: Colegio de México, 1999, p. 375.

[6] Traduzco de John Snyder. Prospects of Power: Tragedy, Satire, the Essay, and the Theory of Genres. Lexington: University Press of Kentucky, 1991, pp. 150-151.

[7] Jorge Luis Borges. “Una efusión de Ezequiel Martínez Estrada”, Sur, 242, 1956: 52-53.

[8] Jorge Luis Borges. “Profesión de fe literaria”, en El tamaño de mi esperanza. Buenos Aires: Seix Barral, 1993, pp. 131-132.