Pórtico a la serie Ojo crítico

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Desde luego que, entre muchos, eligiendo unos pocos, términos tales como “comparatismo contrastivo”, “dolor de la significación”, “novelas en miniatura”, “economía cultural”, “comarca oral”, así como también “narración calidoscópica”, “viaje transcultural”, “cardumen narrativo” enuncian de una vez por todas las peculiaridades verbales y conceptuales de Carlos Pacheco. Los ha empleado con verificable y repetido acierto para estudiar una gama muy diversa de textos literarios. De distintas épocas, preferentemente las modernas y las actuales. Unos conceptos que vienen de un sistema, de una sólida teoría y se constituyen a su vez en un sistema crítico que, pese a la terminología, jamás rechaza al lector con un lenguaje oclusivo o un modo de razonamiento que no pueda seguir el lector atento, no necesariamente el especializado. Son, como diría otra vez Pacheco con su terminología específica, un texto crítico comunicado “competente y gentilmente a una lectoría interesada”. A no desperdiciar el juego con la palabra lectoría, que remite nada menos que a “autoría”, una entidad que equipara los dos extremos de la obra literaria, su producción y su recepción. Ambos provienen de las doctrinas literarias prevalecientes en el momento: la obra como realidad de palabras o como realidad de comunicación.

Estos términos, separados aquí inicialmente de sus contextos y distintos en sí mismos en tanto a su valor teórico, son sin duda una de las vías para seguir los rastros de un crítico que ha escrito y publicado sus trabajos a partir de los años setenta del siglo xx. La fecha dice mucho. La época en que con toda precisión estos conceptos –sus similares o equivalentes– se dan cita en buena parte de las obras que estudian la diversidad del fenómeno literario. Se trata, en lo que nos concierne más, de un crítico venezolano a quien debemos nuevas esclarecedoras lecturas. Se trata, igualmente, de un crítico latinoamericano por sus temas y preocupaciones conceptuales que, además, exalta al máximo sus vinculaciones con la crítica latinoamericana que se escribe a partir de esa misma fecha y a quien la crítica de este continente reconoce luego entre los suyos, a su vez en una jerarquía de primera línea. Es más, como Pacheco ha afirmado en diversos trabajos, su interés por la literatura venezolana fue posterior a su iniciación en la latinoamericana, toda vez que los estudios universitarios, realizados en su mayor parte en el exterior, lo llevaron primero a este propósito. Lamenta no haber concurrido al curso panorámico, al seminario específico, a la orientación profesional sobre la literatura de aquí. Son, sin embargo, ausencias que no han notado sus alumnos ni resentimos sus lectores cuando nos enfrentamos repetidamente a sus solventes estudios de literatura venezolana.

Se consulta entonces el “diccionario” de uno de los más importantes críticos literarios de la Venezuela contemporánea. Detrás de esos términos están los años dedicados a los estudios literarios, la investigación, la docencia, prólogos, compilaciones, antologías, la concepción y realización de proyectos de obras colectivas, números monográficos de revistas, ponencias, participación en foros, artículos de prensa, traducciones, labor editorial, promoción cultural, espacios todos donde se mueve el crítico académico contemporáneo. Adelantando el argumento, justamente la época en la que la crítica literaria venezolana cambió de sustentación y de rostro y pudo mostrar un elenco de nombres particulares a quienes prestar atención y de la cual aprender lo nuevo en tanto novedad necesaria y no novelera y lo nuevo del abordaje que ha resultado lo más interesante para entender el pasado reciente y remoto.

Las sonoras palabras “comparatismo contrastivo” se refieren al posible mejor modo de abarcar lo hispanoamericano y lo brasileño simultáneamente, en lo semejante y lo distinto, lo regional y nacional, lo antiguo y moderno al mismo tiempo, con el propósito de elaborar algún día una historia de la literatura continental, proyecto colectivo o utopía en el que ha estado Carlos Pacheco junto a muchos otros desde hace tiempo. “Dolor de la significación” es un concepto central para poder tener acceso a la sustancia de la obra de Augusto Roa Bastos, el desterrado autor de Yo el Supremo. Para tal novela, Carlos Pacheco redactó uno de los más memorables prólogos de la Biblioteca Ayacucho en los años ochenta. “Novelas en miniatura” es un modo acaso más eufónico y no manualesco de llamar a las cinco novelas cortas de Ednodio Quintero, aplicable a otros escritores. “Economía cultural” es una de las miles de expresiones útiles en los estudios culturales latinoamericanos de esta época. La “narración caleidoscópica” como el “viaje transcultural” son dos propósitos de someter la tradición de lectura de la novela Cubagua a una nueva vía de acceso gracias a las renovadas teorías de los fenómenos culturales latinoamericanos. “Cardumen narrativo” alude a los cuentos de Antonio López Ortega. Sin embargo, en esta galería de términos no debería pasarse de largo por un sustantivo que es frecuente y continuo a lo largo de los años en los trabajos críticos de Pacheco, el humilde “pespunte” con el cual se permite describir su tarea de costura literaria. Dice el Diccionario de la Real Academia Española que es pasar la aguja dos veces por el mismo lugar. Es lo que queda resaltado y Pacheco aprovecha para buscar significaciones. Toda esta terminología no anuncia entonces un enfoque tecnocrático y autoritario de la crítica literaria, profesoral, en el mal sentido. Al contrario. Hasta en las excursiones más teóricas aflora la vivencia personal del lector concernido y emocionado.

Tales términos facilitarían asimismo hacer el repaso de algunos momentos de la obra crítica de Carlos Pacheco en busca de su definición de crítica literaria. Es un concepto centralísimo en quien expone permanentemente una clara conciencia que resulta evidente a la lectura. El lector de su trabajo crítico se da cuenta de que el autor a su vez se da cuenta de lo que es la crítica y con tal concepto razona todos sus asuntos. Comenzando por el final, cuando la experiencia de treinta y tantos años de labor ya enuncian su modo definitivo: que no existe una sola vía analítica o interpretativa que pueda dar cuenta de la totalidad literaria, derivado de que no hay un único acercamiento a la verdad real o ficticia de la literatura. Que la crítica parte del presupuesto inseguro de que la realidad no es tenida por estable, que las herramientas para abordarla tampoco son seguras en sí mismas. No hay nada único, exclusivo o para siempre. El observador no pronuncia las palabras definitivas. Cuando estudia las concepciones de la crítica en un fecundo autor como Alfonso Reyes –como se sabe, uno de los pocos autores continentales en tener una teoría literaria propia– encuentra que al final de su evolución, en el dilema entre lo sistemático y lo disciplinado contra lo artístico e intuitivo, vence el creador y el maestro Reyes pasa de crítico a ensayista: el crítico que corona su tarea sabiendo que ha de iluminar el camino del hombre. Supremo ejemplo en la cultura latinoamericana. Suprema inspiración para quien quiera apostar por la crítica ideal: define, describe, analiza, ordena, relaciona. A Pacheco pues le interesará entender la complejidad y diversidad inabarcable del fenómeno literario. A partir de una posición inicial, Pacheco examina su propio decurso y no demora en calificar sus inicios como cientificistas, hasta arribar en el sexto decenio de su vida a la madurez humanística: “Ninguna exigencia metodológica o ideológica debe separar al crítico del placer de la lectura y la escritura. En estas prácticas, al menos para mí, debe haber sistema, orden, plan; pero antes debe haber interés, disfrute, espontaneidad, conexión empática”. Habla también como muchos otros críticos del “hiperlector” que refiere, desde luego, lo que él piensa es un crítico literario como evolución de sus creencias anteriores hasta llegar a su posición presente. Ha habido el recorrido del conocimiento a la sabiduría.

El de Pacheco no es, desde luego, un caso único o aislado en la historia de la crítica aunque sí expone una nota personal que le ha permitido, sin caer en un potaje ecléctico, mantenerse por encima de los dogmatismos doctrinales y analíticos, así como de las sucesivas modas y tics que ha conocido esa misma historia literaria occidental y latinoamericana en todos los años que Pacheco lleva trabajando. A destacar, también inmediatamente, como un peculiar rasgo más que estilístico de estilo intelectual, el que en todo ese tiempo haya rehuido las varias jergas –las “tecniquerías” de que hablaba Unamuno en su época– que se han sucedido unas a las otras en tan largo tiempo y han pugnado por ser el metalenguaje exclusivo de la academia entre la era estructuralista y posestructuralista, el universo de la posmodernidad y la crítica cultural, la multiculturalidad, etc. Claro y clarificador. Afán de entender lo otro. Serio pero no solemne. No se observa tampoco que haya hecho uso de sus estudios y ponencias para adelantar una pugnaz campaña contra las concepciones críticas ajenas o contra particulares escritores con los que antagoniza. Nada de descalificaciones, intemperancia polémica o de la amargura de ver que otros piensan distinto. Ningún desdén hacia las letras venezolanas, desdén que es producto, dice, de una baja autoestima. En sus trabajos escritos y éditos no se busca acentuar el relumbrón del hallazgo, la puya y la burlita, la ironía, el lucimiento. Es, repitámoslo, un estilo intelectual sosegado y equilibrado, caballeroso, en el que, cosa muy curiosa, quien resulta protagonista de sus trabajos críticos sobre obras, autores, períodos, conceptos, son todos estos y no la persona del crítico, que sin embargo está presente como subjetividad interpretadora, abierto con sinceridad a percibir lo que autores, obras, períodos, conceptos signifiquen. Ese estilo es una toma de posición ante sí mismo y ante el mundo. Perspectiva sorprendentemente apolínea, a la que no falta un poco de humor, que acaso facilite leer como un continuo su trayectoria en busca de sus puntos de concentración.

Ideando periodizaciones que todavía no han sido establecidas y mucho menos aceptadas, sería muy restrictivo llamar a los finales de los años setenta en la cultura latinoamericana la época del posboom (se debería decir, como ya se acepta, bun y posbún, hispanizando la onomatopeya). El término causa malestar. La polémica de la década anterior estaba cancelada en lo fundamental o apenas daba coletazos. El pleito había quedado empatado toda vez que los adversarios de ambos bandos no habían ganado o impuesto una sola respuesta a la demanda de si fue un fenómeno cultural o un hecho de mercado. Ahora había otras obras que demandaban el interés de los lectores y exigían otras posturas críticas para entenderlas y ubicarlas. Con el tiempo, que hace la historia, tal vez el más famoso tema del momento haya sido la narrativa de los dictadores cuyos argumentos externos más notorios eran que un grupo de narradores, independientemente, editaran simultáneamente en el curso de pocos años novelas sobre tal tema y que esas obras se convirtieran en fenómenos editoriales: menos que el bun, pero parecido. Y, desde luego, el significado de ese tema para la especificidad de la cultura y las sociedades latinoamericanas. Aquí se inicia Pacheco como crítico al producir varias monografías. El resultado de su trabajo se verá, por ejemplo, en 1987, en el volumen Narrativa de la dictadura y crítica literaria, pero principalmente en el prólogo que escribe a Yo el Supremo para la Biblioteca Ayacucho, volumen publicado en 1986, aunque preparado mucho antes.

Será el primero de sus temas, temas que en la crítica de Pacheco funcionarán como ciclos que se extienden a lo largo del tiempo. Fenómeno a la vez social y literario de manera simultánea. La penetración de ese corpus narrativo lleva a la necesaria especialización en Yo el Supremo, que es la suma y cumbre de semejante tema. De hecho, la obra de Roa Bastos llegará a representar una de las más difíciles, complejas, elusivas y de múltiples significados en la historia literaria latinoamericana. A ella dedica Pacheco diversos acercamientos graduales, particularmente tres a destacar aquí. Se parte del presupuesto de que esta novela es inabarcable en sí misma, que ninguna de las doctrinas y métodos que se le apliquen llegarán a agotarla. En un trabajo de 1982, en un simposio de la Universidad de Maryland, inicia la exploración de las primeras claves de una lectura polifónica, que continúa en un trabajo publicado en 1994 en la Revista Literaria Latinoamericana y en el prólogo a Yo el Supremo de Biblioteca Ayacucho. En los tres se examinan y esclarecen las perspectivas dialógicas de Mijaíl Bajtin, su famosa polifonía tan apta para estudiar progresivamente los arcanos enigmas de la novela paraguaya. Se estudia su intertextualidad, el interjuego y la parodia. Yo el Supremo, dice, no es la solución de problemas sino una plataforma de lanzamiento de problemas para el crítico y el lector, obra que a su vez no es un juicio condenatorio o reivindicativo de una determinada realidad social, política, estética o moral. Ninguna crítica es suficiente, ninguna dará cuenta definitiva de un libro que se propone como la obra absoluta e imposible. Este es el efecto que la obra estudiada tiene en la conciencia del crítico y en su vivencia de lo que es la crítica.

Esta temática viene de sus tiempos de investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg). Esa época singulariza la aparición formativa de la primera generación de un equipo de críticos que posteriormente tendrán relieve en las tareas académicas y la elaboración de conocimientos. En este caso grupal el tiempo lo ha demostrado. La futura historia de la crítica en nuestro país tendrá que dar cuenta en su día de este conjunto de investigadores institucionalizados como de un período preciso a partir del cual se historie el capítulo contemporáneo. Segundo capítulo de la crítica académica iniciada en los años treinta en nuestro país. En los treinta, cuarenta y en los sucesivos, los núcleos fueron el Instituto Pedagógico de Caracas y la Facultad de Humanidades de la Universidad Central. De ellos egresan, respectivamente, nada menos, Domingo Miliani del Pedagógico, Guillermo Sucre y Orlando Araujo de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Les sigue con el tiempo la creación del Instituto de Investigaciones Literarias de la UCV y de entes similares en otras universidades. Más tarde vienen las tareas de posgrado y doctorado latinoamericanistas de la Universidad Simón Bolívar. El Celarg fundado por Domingo Miliani pretendía ser una especie venezolana del Colegio de México. De este último núcleo sale Carlos Pacheco. Crítica latinoamericanista y estudios latinoamericanos, pero ¿hay otros posibles para un crítico paraguayo, hondureño o venezolano?

De sus inicios, Pacheco hace pronto un balance:

Leída veinte años más tarde, varios rasgos se hacen evidentes en la crítica que practicábamos entonces: uno, el afán documentalista, que nos enseñó el rigor en el manejo de fuentes, aunque al mismo tiempo nos convertía en obsesivos coleccionistas de datos y fichas bibliográficas; dos, el impulso contextualista, que nos llevaba a insertar y hacer dialogar el corpus literario bajo estudio con el presente socio-histórico; tres, la exigencia de un fundamento histórico actualizado; cuarto, la confesa y militante asunción de una voluntad pragmática y una posición ideológica de orientación genéricamente marxista; y cinco, la consideración de todos nuestros objetos de estudio en el marco de una dimensión latinoamericanista.

Mucho más tarde confiesa también:

Podríamos hoy ser bastante críticos de aquellos primeros palotes de nuestra carrera, especialmente en lo que se refiere al mencionado fanatismo documentalista y sobre todo a esa certeza ideológica que sentíamos invulnerable hasta lindar con la intolerancia.

Junto a la novela de los dictadores, acaso por exigencia misma del género literario, Pacheco se interesará simultáneamente por la llamada “novela histórica”, que es una manera de estudiar la relación entre tiempo y ficción. Un repaso a la bibliografía principal de Pacheco daría como estadística que a este último tema ha dedicado no menos de diez sustanciosos trabajos, mientras que al de los dictadores dedicó seis y a la obra de Roa Bastos once. Este aspecto relaciona la obra de Pacheco con una larga tradición latinoamericana en la que se estudian los aspectos sociohistóricos de los textos literarios. Registro crítico que a partir de los años ochenta del siglo xx se ofrece como medida de la producción cultural ante la historia. Además, si bien Pacheco acepta el magisterio de Ángel Rama, Julio Ramos y las otras estrellas de este universo, su crítica no es crítica del discurso ni cae en la trampa de la terminología gongorina, como aquellas de la “práctica transnacionalizada”, el “discurso metropolitano” u otros términos semejantes. Crítica sin temor de lo “políticamente correcto”, o a lo “críticamente correcto” para la época.

Que la ficción sea una historia alternativa conecta con el siguiente gran tema de Pacheco: la oralidad. Veintiún trabajos ha dedicado al asunto en su bibliografía principal. Parte de la certeza muy contemporánea del desmembramiento del logocentrismo, así como del eurocentrismo y el etnocentrismo por la visión alternativa y la diversidad. Antes de la historia y antes de las grandes narrativas, como diría el pensamiento de la época, está el texto hablado. Este es distinto del glosario al que tuvieron que apelar las narrativas criollista y nativista. En la oralidad hablan los ágrafos. La palabra escrita no basta para comprender las variedades de la cultura. Es el tema de un volumen independiente de esta serie Ojo crítico que está siendo publicado por la Universidad Nacional de Colombia: La comarca oral revisitada: oralidad y escritura en la literatura latinoamericana, donde se reedita La comarca oral (1992) en versión revisada y ampliada.

Este texto hablado es el origen del más acentuado interés temático de Pacheco: el cuento. Ha recordado como experiencia biográfica su vinculación con el cuento contado en su infancia y luego su dedicación privilegiada hasta convertir el cuento en el género literario preferido, incluso sobre la novela que tan puntualmente estudió, porque el cuento es esencialmente ficción. Este interés se volcó en una pieza singular trabajada en compañía de Luis Barrera Linares: El cuento y sus alrededores. Aproximaciones a una teoría del cuento, publicada originalmente en 1993 y ampliada en 1997 (Monte Ávila Editores Latinoamericana). Se trata de la recopilación de la poética del género, de Edgar Allan Poe a Julio Cortázar, con trabajos decisivos. Para Pacheco significó al hallazgo como crítico y lector de un concepto angular y acertadísimo: la “competencia cuentística” que juega, como se sabe, con el concepto lingüístico de Noam Chomsky. Necesidad de una definición para la comprensión académica del fenómeno, según las estrictas exigencias de un crítico que debe atender a la narratividad y ficcionalidad del texto, pero asimismo al placer y entera aceptación de que en el cuento siempre queda un no sé qué inexplicable. De la misma manera, el interés de Pacheco no podría excluir de sus consideraciones un hecho como el llamado “minicuento”, tipo discursivo nuevo, en formación, reciente en la historia, tanto en Venezuela como en el mundo. No menos la repetida incidencia del cuento en la historia de la narrativa venezolana de ayer y hoy con su renovado auge en nuestros días, pese a la competencia comercial de la novela, también en auge. Él habla de tsunami narrativo. Posteriormente, Pacheco, esta vez en compañía de Antonio López Ortega y Miguel Gomes, realiza la trabajada antología en dos tomos: La vasta brevedad. Antología del cuento venezolano del siglo xx (Alfaguara, 2010). Su discurso de incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua fue el homenaje de lector empedernido al cuento de su país y a los excelentes practicantes de esa narrativa en nuestro tiempo. Finalmente, Pacheco se atreve, en compañía de Carlos Sandoval y de nuevo con Barrera Linares, a lanzar una Propuesta para un canon del cuento venezolano del siglo xx (Editorial Equinoccio, 2014), una colección de estudios críticos sobre los volúmenes de cuentos que, a juicio de los coordinadores, establecieron pautas estéticas en el desarrollo del género en nuestro país que sin duda convocará coincidencias y controversias.

La trayectoria crítica de Pacheco pasa, como no ocurre con frecuencia en otros críticos, por el trabajo de grupo. Como autor o codirector ha participado en las dos mayores experiencias de la crítica literaria en tanto conjunto ocurridas durante los últimos recientes tiempos. El primero es el volumen colectivo Nación y literatura, preparado con Luis Barrera Linares y Beatriz González Stephan. El libro recoge de la dispersión y ensambla en la unidad sesenta trabajos críticos de cincuenta y siete autores que van desde la formación de la sensibilidad criolla a la cultura petrodemocrática. Es una suerte de balance generacional pese a la diversidad y heterogeneidad de los participantes. El libro colectivo y representativo de una generación y una época. Recuerda que la crítica académica venezolana tuvo su segunda etapa en los años setenta del siglo xx y resultaba natural y exigente que mostrara su patrimonio al finalizar el milenio. Su subtítulo señala, por una parte, la preocupación muy contemporánea de la crítica latinoamericana por entablar una relación entre el proceso literario y el proceso de la nación. Por otra parte, que es solo un fragmento de la intelección de la literatura, es el itinerario de la “palabra escrita” en la cultura venezolana. La magnitud e importancia de este volumen editado permite prefigurar lo que habría sido, de editarse, la obra monumental que este mismo equipo de profesores se impuso para elaborar, a finales del xx y primeros años del nuevo siglo, Medio milenio de literatura venezolana, que ha venido quedando inédito por diversas razones editoriales. Muchos más temas y colaboradores para una obra de tres volúmenes.

Una magnitud semejante tiene en el terreno de la crítica literaria contemporánea de Venezuela la obra con la que Carlos Pacheco corona su trayectoria de escritor. Se trata de la publicación más o menos simultánea de tres volúmenes en los que se recoge su obra dispersa de más o menos treinta años. Bajo el nombre común de Ojo crítico se juntan los trabajos dedicados respectivamente a la teoría y práctica del cuento, al uso de la crítica y los intelectuales latinoamericanos, a la ficcionalización de la historia en Hispanoamérica y, por último, a la oralidad y la escritura en esa misma literatura. No es común, más bien es excepcional, que un crítico se disponga a publicar de manera sincrónica su valoración de la época moderna de la literatura del continente y de su país.

Sus trabajos en equipo y los personales que apenas hemos mencionado singularizan la labor de quien, para la segunda decena del siglo xxi, viene a ser el crítico venezolano más representativo. En el futuro, cuando se compile el canon de la crítica literaria venezolana de esta época, el peso de los aportes de Pacheco que se perciben hoy no tendrá sino su confirmación.

Oscar Rodríguez Ortiz